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El arte de ser imprescindible

Acabo de agarrar el libro de Seth Godin ¿Eres imprescindible? y no sé ni por dónde empezar, es tan bueno que merecería un blog solo para él.

Aquí no voy a resumirlo. Sería apagar el mensaje. Voy a contarte sus ideas principales y con lo que me quedo (y me gustaría que te quedaras tu) sobre cómo volverse imprescindible en el mercado laboral.

¿Listos? Vamos allá.

Los malditos engranajes

Para saber a dónde ir hay que saber de dónde huir. En este caso huimos de ser un engranaje sustituible.

Desde la era industrial la inmensa mayoría de trabajos se han sistematizado. Nos hemos vuelto obreros de un gran sistema llamado fábrica que se dedica a crear productos idénticos y que necesita trabajadores obedientes que cumplan órdenes y no hagan preguntas.

Con el crecimiento de la industria y la mayor oferta de trabajo no lo notábamos, los sueldos eran decentes y parecía un camino hecho hacia la gloria. Estudiabas, mandabas tu CV y trabajabas para el resto de tu vida a cambio de una buena cantidad. Era un buen trato.

Ahora ya no es así.

Hay más demanda de trabajo que oferta. Hay más piezas sustituibles que imprescindibles y la gran mayoría está atrapada en el sistema de la fábrica.

Da igual si eres un ingeniero que revisa procesos, un capataz de la mina o si sirves helados en el Llao Llao… Eres sustituible porque han arrancado de tu trabajo el factor humano y ahí fuera hay otros 30 como tú que lo podrían hacer igual de bien, al menos si solo te dedicas a cumplir como un robot.

Piénsalo. ¿Qué hace un trabajador común que no pueda hacer otro? ¿Qué hace el cajero del supermercado que no pueda hacer un robot? ¿Qué hace ese profesor universitario aburrido que no pueda hacer otro de su mismo nivel? ¿Por qué uno y no otro? Cuando hay exceso de demanda y no hay diferencia entre un trabajador y otro, los precios (en este caso sueldos), bajan.

¿Seguro?

Compruébalo tú mismo. Mira ahí fuera y dime cuántos trabajadores ves que no sean sustituibles. El contable de la empresa, la asistente legal, el funcionario que calienta la silla, el cocinero del restaurante del centro, el químico que trabaja para esa farmacéutica… ¿Cuántos hay que no pierden su trabajo por la pereza del empresario de pagar el finiquito? ¿Quién (de verdad) no es sustituible?

Y los que son imprescindibles… ¿Por qué lo son?

Quizá debemos hacer zoom para darnos cuenta de por qué algunas personas dejarían un gran vacío si se fueran. Necesitamos entender qué tienen si queremos ser como ellos.

Porque claro, si acabas de darte cuenta de que eres sustituible y que el sistema nos engulle hacia ser un engranaje más… ¿Cómo podrías escapar de tal ballena?

He aquí una pista.

Las 2 formas de competir

Hace bastantes años trabajé de camarero de comedor. Los camareros de comedor tienen una función muy sencilla: recoger todos los platos de las mesas del buffet e ir colocándolos en un carro que cada vez se llena más y más. Si eres nuevo también te toca encargarte del carro y arrastrarlo hasta la cocina.

En aquel dichoso comedor me encontré 2 personajes que en apariencia eran insustituibles, pero solo 1 de los 2 lo era de verdad.

Por una parte, estaba Vanessa. Una camarera profesional como ella sola que era capaz de llevar toda la terraza sin problema. Era rápida, hábil y silenciosa a la hora de colocar los platos en el carro haciendo el menor ruido posible. Podías confiar que si ella estaba por allí, las mesas de su alrededor estarían en orden y sin platos sucios. Además de que jamás se quejaba.

Más adentro estaba Abel, el subdirector del hotel. Cuando yo le veía se dedicaba a recibir a los comensales y a darles la bienvenida al comedor. Recuerdo verle hacer cualquier locura por sus “invitados”. Si algún niño lloraba, era capaz de mover el hotel entero para traerle un juguete o ayudar a los padres a pasar el mal trago. Era atento y siempre estaba con una sonrisa.

Ahora dime, ¿quién era sustituible? ¿Vanessa la rápida o Abel el atento?

La mayoría cree que ser el más efectivo les asegura ser insustituible: nadie puede hacerlo tan rápido como yo. Pero la realidad es otra: en realidad, sí, alguien puede hacerlo más rápido que tú.

A Vanessa lo podía sustituir uno igual de rápido que ella o si me apuras 2 que hicieran su trabajo y fueran más baratos.

La rapidez es un criterio que jamás te va a interesar si quieres ser imprescindible porque es una medida robótica. Cuando te mides por tu efectividad estás abriéndote en canal al sistema, no lo estás hackeando.

Estás diciendo: Querida fábrica ¿Quieres que sea más rápido, más efectivo y más robot? Ahí voy, aunque me caiga de culo yo seré el más rápido. Y también el más barato si hace falta.

Pero entonces llega un robot de verdad o uno que hace lo mismo más barato y te desbanca. Eres un tornillo sustituible por otro tornillo más afilado.

En cambio, lo que hacía Abel sí que era inimitable. Su total entrega al cliente, su enorme esfuerzo en buscar soluciones para sus invitados, su constante y sincera sonrisa, así como sus ganas de ayudar eran factores que no se podían comparar.

Una sonrisa, un gesto, un detalle, una actitud son criterios incomparables porque subjetivos.

Abel estaba en el juego del humano y no en el juego de ser un robot. No quería ser el más rápido, sino hacer arte como subdirector del hotel. Es ahí la gran lección de este libro.

Si quieres ser imprescindible, debes ser humano

Los ejes, tal como lo llama Seth Godin, son personas que han hackeado el sistema de la fábrica. Son aquellas personas que no se han tragado que lo único que queremos es gente rápida y efectiva. Saben que para nada es así.

Saben que el arte no se olvida. Que la gente no habla de robots, sino de series. Que no hablamos de la rapidez de alguien, sino de lo bien que nos ha tratado. Que no hablamos de trabajo matemático, sino de arte.

Y lo que hacen es atreverse a expresarse como humanos. No consienten robotizar su trabajo porque saben que no tienen nada que hacer, se volverían engranajes baratos.

Si te condenas a competir por criterios objetivos como: barato, efectivo y rápido estás a merced de la fábrica. El sistema no parará de centrifugar hasta encontrar a alguien más rápido, efectivo o barato que tú y luego te escupirá bien lejos.

Suena triste, pero creo que es mejor que sea así.

En cambio, tienes el otro camino.

Cuando entiendes el factor subjetivo, te empiezas a concentrar en otras cosas.

Por ejemplo, empiezas a dar valor humano. Empiezas a hacer arte.

El arte

Como dice repetidamente Seth Godin en este libro: El arte es la voluntad de expresar algo y que ese algo cambie a alguien. Y el arte es cualquier medio o forma que puedas imaginar.

  • Puede ser un cuadro que nos impresione.
  • Puede ser una sonrisa que nos haga la estancia en el hotel mejor.
  • Puede ser un bolígrafo tan bien diseñado que den ganas de escribir.
  • Puede ser un texto que nos inspire.
  • Puede ser una canción que nos cambie el estado de ánimo.

Y lo más importante del arte es incomparable. No puede fabricarse en masa y empaquetarse en una caja de cartón. No puede replicarse. No puede exigirse. No tiene un proceso ABC.

Lo único que sabemos es que cuando el arte falta, lo echamos de menos. Por esto hackea la fábrica.

Es por eso que hacer arte en tu trabajo es su camino directo hacia ser imprescindible. Si pones en valor el factor humano de manera atrevida, perspicaz y valiente ningún CV va a ser mejor que el tuyo.

Y antes de que te imagines pintando cuadros dentro del cubículo, vamos a la pregunta clave.

¿Cómo hacemos arte en nuestro trabajo?

Seth dedica un apartado entero a esto, pero te lo voy a resumir: no hay mapa.

¿Cómo?

Que no, que no hay mapa para ser un artista.

¿Por qué?

Pues porque si hubiera un manual de instrucciones todo el mundo sería artista y eso perdería valor. El arte no se puede enseñar. Un chef no sigue recetas, sigue su propio camino, sino sería un cocinero a secas.

Pero aún así, aquí viene una pista.

Poner arte en tu trabajo significa que debes empezar a tener voz propia. A crear cosas de las que te sientas orgulloso, a llegar donde otros no llegan.

Pongamos que eres el jardinero de un hotel y tu trabajo es cortar el césped, arreglar aspersores rotos y barrer las zonas exteriores.

¿Qué pasaría si de repente propusieras al hotel crear un nuevo decorado en los jardines?

Imagina que coges y propones colocar una fila de arbustos a los que tú mismo darás formas originales. O que cada vez que barres empiezas a hablar con los clientes que pasan por allí, los vas conociendo y un día tienes un detalle con ellos. O quizá un día traes unas luces de colores para colocar en la piscina y se las enseñas al director.

Tendrás que tener en cuenta algo, las 3 ideas presentan un problema: te expones al rechazo. Pero el premio de eso es que te desmarcas como trabajado, es probable que no haya otro jardinero como tú..

Toda acción valiente, tiene un premio. Pero todo premio, tiene el precio de una acción valiente.

El arte no es para cobardes. El explorar caminos que otros no se atreven a hacer te obliga a cruzar por algún matorral, pero es que sino, no tendría gracia.

Para el subdirector del hotel, Abel, sería más fácil que cuando un niño llora se dedicase a acomodar a su familia y no hiciese nada más. Pero él decidió regalar esa atención de buscarle un juguete o algo para aliviar el llanto.

Es más fácil solo cortar el césped y que le den al maldito decorado. Pero entonces un día te presentan a Cuppy, el nuevo cortacésped que no cobra un salario, y empiezas a cagarte en los pantalones. Quizá era mejor proponer el dichoso decorado.

Otro ejemplo.

Quizá eres contable en una empresa y tu trabajo es mecánico y aburrido. ¿Qué puedes hacer ahí?

Pues tienes que mirar donde no quieres mirar. El atrevimiento y la “pereza emocional” es una señal fiable de que vas a hacer algo valioso.

Si esto fuera lo último que hiciese en mi vida, ¿cómo podría crear algo de lo que estar orgulloso?

Quizá te das cuenta de que cuando emites los informes de contabilidad estaría bien añadir algunas conclusiones. Algo así como un comentario final donde dieses indicaciones al jefe sobre en qué zonas están aumentando los gastos y qué tendencias estás viendo.

Quizá puedes hacer más bonitos los informes, más legibles, darles tu toque. Personalizarlos y humanizarlos. Huye de la robotización. Cuando robotizas estás volviéndote una pieza de lego sustituible. Cuando te haces humano, te haces imprescindible.

Uno más.

A lo mejor eres un diseñador web que trabajas para una gran agencia. Te mandan una web y tú la maquetas. ¿Qué tal involucrarte un poco más?

¿Podrías hacer un blog hablando del diseño web?

¿Y un podcast?

¿Qué tal algunos vídeos explicando cómo haces tu arte?

Da igual si ese contenido no está vinculado a tu empresa. Ponte en marcha antes de pedir permiso. ¿Cuántos CV’s mediocres hay ahí fuera y cuántos diseñadores web que tengan su propio blog?

Huye hacia la parte más humana de tu trabajo. Exponte; propón ideas de cómo esa web podría vender más. Niégate a ser un pica-código y ya está. Humaniza lo que haces y subirás en la escala de imprescindibilidad.

Y es probable que aunque te de 40 ejemplos más sigas teniendo una objeción…

¿Y si mi jefe rechaza mi arte?

Si rechazan tu arte puede ser por 2 razones:

  • Tu arte no era arte, sino un intento de arte más. Ahí tienes que seguir hacia adelante y volver a intentarlo.
  • Era arte, pero tu jefe no quiere que hagas nada diferente.
Si es esto último quizá deberías replantearte el lugar en el que estás. Si tienes un jefe que quiere robotizarte al máximo, ¿Por qué narices te interesaría estar en un lugar así?

¿Qué ganas convirtiéndote en un engranaje sustituible? ¿Ganas estabilidad o estás con la soga al cuello esperando que aparezca un tipo más barato o un robot?

Si tu jefe rechaza sistemáticamente todo lo que se sale de las líneas al dibujar, tienes que hacer una buena reflexión sobre eso. Necesitas salir de ahí porque de lo contrario estarás a merced de otro que sea más rápido, más efectivo o más barato.

Hay pagar las facturas, es cierto. Pero nada te impide empezar a crear tu arte por tu cuenta. Resérvate 1 hora al día para crear tu propio contenido. Si trabajas en un banco, ¿por qué no empiezas tu propio blog de productos bancarios? ¿Y un podcast? ¿Dibujas bien? Entonces estaría increíble unas viñetas sobre tu profesión.

Otro de los puntos que cuenta Seth es que rechaces tener un currículum normal y corriente. Matías Prats no tiene CV, al igual que Messi o David Bisbal. Lo que tienen son muestras de su trabajo. Todos los vídeos de lo que son capaces de hacer.

En lugar de vomitar características en un papel que se mezclará con otros cientos de iguales, ¿por qué no muestras los proyectos que has realizado? Muestra ese blog, ese canal de youtube, ese podcast, ese instagram lleno de arte.

Ahí ya te has diferenciado de los otros papeles.

Y por último, si quieres hacer arte necesitas algo más.

El arte es un regalo

Antes del capitalismo el arte era un regalo. Me refiero a que cuando dábamos algo al mundo lo hacíamos sin esperar algo a cambio. Ahora no es así.

Ebooks a cambio de emails.

Compartir a cambio de un audio.

Me gusta por me gusta.

Hemos mercantilizado todo y eso prostituye gran parte del “arte” que se crea hoy en día.

Blogs condicionados a Google. Podcasts creados porque es tendencia y tiktokers haciendo el indio porque es lo que se lleva.

Piensa que al fin y al cabo las personas tenemos un gran olfato para detectar cuando el arte es real y cuando no. El arte de verdad tiene la voluntad de dar algo sin esperar nada a cambio.

Eso se nota en cómo es ese regalo. Yo no espero nada de este artículo. Lo hago porque ¿Eres imprescindible? me ha parecido uno de los mejores libros que he leído y ya que no lo puedo regalar a todo el mundo creo esto para mostrar los highlights de su mensaje.

Me conformaría con inspirar a una de las personas para que lo lea y que esa persona se motive a hacer un poco más de arte en su trabajo.

Pero estaré contento igual si eso no ocurre. Yo ya estoy lleno con el acto de crear antes de publicar. Esa es la magia de los regalos, que no necesitas un Gracias antes de estar feliz.

Por eso, lo más importante de este libro es que si empiezas a cambiar cosas, no lo hagas cayendo en el resultadismo. Jamás conseguirás nada desde ahí.

Como dije hace unas semanas los trucos se huelen a leguas y el arte no debe ser nunca un truco ni ningún atajo para conseguir resultados.

Debe nacer de la voluntad de crear algo que te guste a ti y que ayude al resto. Porque si el arte no te llena incluso antes de haber dado a publicar, es que no es arte y lo has creado solo por lo que puede venir de fuera.

Regalar es bueno porque hackea el mercantilismo. Hace que nos volvamos generosos y que no nos prostituyamos al resultado.

Eso no significa que debas trabajar gratis, pero que una parte de tu trabajo es muy interesante que así lo sea. Nadie sonríe y luego pide 5 €. El regalo del arte es ese extra.

Es el motivo de porque un Mac es bonito. Un ordenador podría ser muy feo y seguir funcionando, pero alguien de la empresa decidió darle los bordes redondeados y bañarlo en un color plateado para que quedara elegante.

El arte es ese camarero que te canta la carta para animarte la velada. O ese libro que te inspira porque está escrito desde la buena voluntad. También esa agenda que has ordenado con cariño para hacerte la vida más fácil.

El arte es la propina que damos a los demás y a nosotros mismos para que disfruten de nuestro trabajo.

Es por eso, que a pesar de que no lo hagas solo por dinero, es más probable que éste llegue a ti.

Ojalá te sirva.

Un abrazo.

Lluís

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